Mostrando entradas con la etiqueta metapoesía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta metapoesía. Mostrar todas las entradas

domingo, 18 de noviembre de 2018

Creación



                                                                                                                                                                                                                                                                (Escuchando el segundo cuarteto de Borodin)

La voz propia es un ímpetu ciego entre ecos.
En el parto de la creación, los ojos están demasiado pegados
A las superficies de lo que nace de ellos mismos,
Superficies que ni siquiera son piel: son vestidos ya vistos,
Frases casi preexistentes, calor antes experimentado.
Quien crea no sabe si ese calor va a ser nauseabundo para quien lo reciba,
Si esas ropas suponen algo nuevo.
Solo se trata de dejar que el parto saque totalmente a la criatura
Con el ritmo preciso, con la adecuación justa a eso que no es más que nosotros
Pero ya otro a la vez, y que nace.
Será ese ritmo entonces prosa, puntuación: simple sostén
El que, reflejado en el espejo, sea música
Y la clave de la hermosura de todo.

                                                                                                                                                                            © Luis de la Rosa Rivera

sábado, 7 de octubre de 2017

Uno empieza a escribir



Uno empieza a escribir y tiene un precioso negro matizado
Con brillos de terciopelo,
Algo como un mar nocturno o una nube nocturna
O un cuarto cubriéndose mimoso bajo trapecios anaranjados
Que persisten en su energía agotadora contra la pared,
Jóvenes hijos de la ventana.
O plateados, maquillados para la noche—.

Uno empieza a escribir mirando dentro
Como para preservar lo que hay y de repente
Se encuentran sus ojos con la blanca linterna de policía
De lo que ya hay: la página en blanco.
O la charla presumida de la primera línea del poema
Empeñada en posar llamativamente,
En gritar incesante su estribillo
Para vaciarle a uno del resto.
O el afectado susurro del lápiz
Que puede encandilarle y hacer que suelte el lazo
De toda la oscuridad que acarreaba.

Uno acaba el poema como puede,
A trompicones, a saltos entre palabras,
No parándose a recoger lo que se pierde
O parándose y viendolo caído en un rincón difícil.

Ahí queda, después, lo escrito, gritando con voz ajena,
Con una energía que nunca tuvo el que lo compuso,
Petrificándose como un monolito
Y quizás guardando algo de lo que quiso el poeta
Salvo que totalmente transformado por la luz.

© Luis de la Rosa Rivera