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domingo, 18 de noviembre de 2018

Creación



                                                                                                                                                                                                                                                                (Escuchando el segundo cuarteto de Borodin)

La voz propia es un ímpetu ciego entre ecos.
En el parto de la creación, los ojos están demasiado pegados
A las superficies de lo que nace de ellos mismos,
Superficies que ni siquiera son piel: son vestidos ya vistos,
Frases casi preexistentes, calor antes experimentado.
Quien crea no sabe si ese calor va a ser nauseabundo para quien lo reciba,
Si esas ropas suponen algo nuevo.
Solo se trata de dejar que el parto saque totalmente a la criatura
Con el ritmo preciso, con la adecuación justa a eso que no es más que nosotros
Pero ya otro a la vez, y que nace.
Será ese ritmo —entonces prosa, puntuación: simple sostén—
El que, reflejado en el espejo, sea música
Y la clave de la hermosura de todo.

                                                                                                                                                                            © Luis de la Rosa Rivera

domingo, 29 de abril de 2018

Fotos veladas

Vista desde la ventana en Le Gras, de Nicéphore Niepce (1826-27)



Escribo poesía calcando de inmediato
La tinta del momento; enjugando la sangre, fresca en el pañuelo,
Sobre la lámina blanca.

Soy incapaz de narrar, sin embargo:
El relámpago repentino
Ilumina la casa entera y su paisaje,
Pero al ponerme a dar paso a todo eso
Me encuentro de repente en un pasillo
De luz blanca cegadora:
¿Dónde están los cimientos?, me pregunto,
No tengo tampoco los ladrillos.
Hasta la imagen de la casa parece querer darme esquinazo
Y solo queda su sugestión, que pugna también por escapar
Y a la que agarro en vano para acceder a los datos completos
De la revelación que sin duda hubo.
Es como esa vida de los sueños,
Llena de ruido y furia y que tanto significa,
Cuando a veces aparca muy cerca de la frontera de la vigilia
En un momento en que la barrera está levantada
Y parece posible pescarla y así obtener su revelación
Para el yo consciente.
Sin embargo en un descuido se ha vuelto a escapar
Y solo queda la fresca luz vacua del día
Tratando de seducirnos con su piel joven para que nos olvidemos de la otra,
Más apasionada.

¿La catedral del logro está sumergida en el sueño?

Más probablemente, es un estado parecido
Al de los pioneros de la fotografía
Cuando en los años 1820 lograban impresionar imágenes
Pero no conservarlas.
Faltaba ese recorrido extra de conocimiento
Y todo eran fantasmas que huían, sueño que no se materializaba,
Pasos dados en la oscuridad en territorio que sabían nuevo
Y que después debían desandar con excitación enfriada
De pies mojados tras una caminata en la lluvia,
Y salir por donde habían entrado.

© Luis de la Rosa Rivera



sábado, 7 de octubre de 2017

Uno empieza a escribir



Uno empieza a escribir y tiene un precioso negro matizado
Con brillos de terciopelo,
Algo como un mar nocturno o una nube nocturna
O un cuarto cubriéndose mimoso bajo trapecios anaranjados
Que persisten en su energía agotadora contra la pared,
Jóvenes hijos de la ventana.
—O plateados, maquillados para la noche—.

Uno empieza a escribir mirando dentro
Como para preservar lo que hay y de repente
Se encuentran sus ojos con la blanca linterna de policía
De lo que ya hay: la página en blanco.
O la charla presumida de la primera línea del poema
Empeñada en posar llamativamente,
En gritar incesante su estribillo
Para vaciarle a uno del resto.
O el afectado susurro del lápiz
Que puede encandilarle y hacer que suelte el lazo
De toda la oscuridad que acarreaba.

Uno acaba el poema como puede,
A trompicones, a saltos entre palabras,
No parándose a recoger lo que se pierde
O parándose y viendolo caído en un rincón difícil.

Ahí queda, después, lo escrito, gritando con voz ajena,
Con una energía que nunca tuvo el que lo compuso,
Petrificándose como un monolito
Y quizás guardando algo de lo que quiso el poeta
Salvo que totalmente transformado por la luz.

© Luis de la Rosa Rivera




sábado, 12 de diciembre de 2015

¿Qué poesía?




¿Ir a la cocina
Y poner a cocer unas palabras,
O abrir la puerta cuando suena el timbre
Y dejarse agarrar por la efigie pavorosa del extraño?

¿Menear las palabras en tu mano
Como las teclas del móvil,
Con el ego y los pies
Bien puestos en el suelo;
O no quitarte del resquicio
Entre golpe y consecuencia
Y fotografiar al tunante huidizo
Que iba a esconderse?

¿Atreverse a traer sin anunciar
Un invitado desconocido
A la velada con tus amigos en casa
Y que se derrame la copa y dé frío,
O tiraros la pelota entre vosotros,
Como ellos esperan?

¿Llamar poesía a la ropa que suele llevar la poesía
(Desde los rotos en el culo hasta los estampados),
O dejarte enganchar en la melancolía
De tu cuerpo fláccido cuando boga
En natural instinto hacia la realidad?

¿Las voces que miran negras desde los instersticios,
O la voz común que designa en las etiquetas
Las mercancías, delimitadas y edulcoradas al punto?

¿Verter en la taza que te dan
O no pensar si te bautizará gusano
La luz que explota al surgir de la tierra?

                                                                                                          © Luis de la Rosa

martes, 15 de abril de 2014

James Joyce. Traducción. Cómo surge la poesía.

File:Revolutionary Joyce Better Contrast.jpg


James Joyce (1882-1941), además de novelista, fue poeta. Y como tal se definió, con la velada máscara del alias Stephen Dedalus, en una de sus grandes obras: Retrato del artista adolescente. La poesía de Joyce está ya por todo el libro, pero hay una parte especialmente interesante y que a cualquier poeta le hará pensar en sí mism@, en la manera en que llega la conciencia de la poesía en el momento en que llega la conciencia de querer expresar, el deseo de atrapar las ideas y sensaciones, los primeros versos por fin escritos en el papel. Esa parte, ya hacia el final del libro, es la que voy a traducir, no completa, que sería lo deseable, sino en fragmentos que espero den una idea suficiente del conjunto. Lo ideal, si se quieren completar, es dirigirse a la obra original de Joyce, que además ya está en PDF en Internet.
Stephen, joven universitario que vive en casa de sus católicos padres, se despierta un día en su cama. No se convierte en escarabajo, simplemente siente esto:

Towards dawn he awoke. O what sweet music! His soul was all dewy wet. Over his limbs in sleep pale cool waves of light had passed. He lay still, as if his soul lay amid cool waters, conscious of faint sweet music. His mind was waking slowly to a tremulous morning knowledge, a morning inspiration. A spirit filled him, pure as the purest water, sweet as dew, moving as music. But how faintly it was inbreathed, how passionlessly, as if the seraphim themselves were breathing upon him! His soul was waking slowly, fearing to awake wholly. It was that windless hour of dawn when madness wakes and strange plants open to the light and the moth flies forth silently.
An enchantment of the heart! The night had been enchanted. In a dream or vision he had known the ecstasy of seraphic life. Was it an instant of enchantment only or long hours and years and ages?
The instant of inspiration seemed now to be reflected from all sides at once from a multitude
of cloudy circumstances of what had happened or of what might have happened. The instant flashed forth like a point of light and now from cloud on cloud of vague circumstance confused form was veiling softly its afterglow. O! ! In the virgin womb of the imagination the word was made flesh. Gabriel the seraph had come to the virgin’s chamber.

(...)

File:Vincent van Gogh - De slaapkamer - Google Art Project adjusted.jpg

Hacia el alba se despertó. ¡Oh, qué dulce música! Su alma estaba cuajada de rocío. Sobre sus miembros durmientes habían pasado sutiles olas de agua fresca. Se quedó quieto en la cama, como si su alma yaciera en agua fresca, consciente de una débil música dulce. Su alma se despertaba con lentitud a un trémulo saber matinal, una inspiración matutina. Un espíritu le colmó, puro como el agua más pura, suave como el rocío, conmovedor como la música. Pero con qué suavidad se insuflaba, con qué desapasionamiento, como si los mismos serafines le estuvieran echando su aliento. Su alma despertaba lentamente, con miedo de despertar del todo. Era esa hora del amanecer de viento en calma en la que despierta la locura y plantas extrañas se abren a la luz y la polilla vuela en silencio.
¡Un encantamiento del corazón! Habían encantado la noche. En un sueño o visión había sabido del éxtasis de la vida seráfica. ¿Fue sólo un instante de encantamiento o largas horas y años y eras?
El instante de inspiración parecía verse reflejado desde todas las direcciones a la vez por una multitud de nebulosas circunstancias de lo que había ocurrido o podía haber ocurrido. El instante brilló como un punto de luz y ahora desde nubes y más nubes de vaga circunstancia la forma confusa velaba suavemente su resplandor. ¡Ay! En el vientre virgen de la imaginación, la palabra se hizo carne. El arcángel Gabriel había llegado al habitáculo de la virgen.

(...)

Are you not weary of ardent ways,
Lure of the fallen seraphim?
Tell no more of enchanted days.

The verses passed from his mind to his lips and, murmuring them over, he felt the rhythmic movement of a villanelle pass through them. The rose-like glow sent forth its rays of rhyme; ways, days, blaze, praise, raise.

(...)

¿Tus maneras ya no te hastían,
Seductora del ángel caído?
No me hables de mágicos días.

Los versos pasaron de su mente a sus labios, y murmurándolos repetidamente, notó el movimiento rítmico de una villanelle que los atravesaba. La luminosidad como de rosa lanzó adelante sus rayos de rima: hastían, días, querías.

(...)

Your eyes have set man’s heart ablaze
And you have had your will of him.
Are you not weary of ardent ways?

And then? The rhythm died away, ceased, began again to move and beat.

(...)

Del hombre hiciste lo que querías
Prendiste fuego a su corazón
¿Tus maneras ya no te hastían?

¿Y luego? El ritmo se fue callando, cesó, empezó de nuevo a moverse y batir.

(...) the dull white light spread itself east and west, covering the world, covering the roselight in his heart.
Fearing to lose all, he raised himself suddenly on his elbow to look for paper and pencil. There was neither on the table; (...) He stretched his arm wearily towards the foot of the bed, groping with his hand in the pockets of the coat that hung there. His fingers found a pencil and then a cigarette packet. He lay back and, tearing open the packet, placed the last cigarette on the window ledge and
began to write out the stanzas of the villanele in small neat letters on the rough cardboard surface.

(...)

La mortecina luz blanca se extendió a diestro y siniestro, cubriendo la luz de rosa de su corazón.
Temiendo perderlo todo, se incorporó de repente sobre el codo para buscar lápiz y papel. No había en la mesa; (...) Estiró con esfuerzo el brazo hacia los pies de la cama, hurgando con la mano en los bolsillos del abrigo que colgaba allí. Sus dedos encontraron un lápiz y luego un paquete de cigarrillos. Se volvió a tumbar y, abriendo el paquete de un tirón, puso el último cigarrillo en la repisa de la ventana y empezó a copiar las estrofas de la villanelle con letra clara y pequeña en la rugosa superficie de cartón.

(...)

File:StateLibQld 2 171951 Intimate portrait of a man writing a letter, 1900-1910.jpg

He spoke the verses aloud from the first lines till the music and rhythm suffused his mind, turning it to quiet indulgence; then copied them painfully to feel them the better by seeing them; then lay back on his bolster.
The full morning light had come. No sound was to be heard; but he knew w that all around him life was about to awaken in common noises, hoarse voices, sleepy prayers. Shrinking from that life he turned towards the wall, making a cowl of the blanket and staring at the great overblown scarlet flowers of the tattered wallpaper. He tried to warm his perishing joy in their scarlet glow, imagining a roseway from where he lay upwards to heaven all strewn with scarlet flowers. Weary! Weary! He too was weary of ardent ways.
A gradual warmth, a languorous weariness passed over him descending along his spine from his closely cowled head. He felt it descend and, seeing himself as he lay, smiled. Soon he
would sleep.

(...)

Dijo los versos en voz alta desde los primeros hasta que la música y el ritmo inundaron su mente, inclinándola a una callada indulgencia; después los copió penosamente para sentirlos mejor al verlos; luego se recostó de nuevo en la almohada.
Se había hecho totalmente de día. No se oía un alma; pero sabía que a su alrededor la vida estaba a punto de despertarse en ruidos vulgares, voces roncas, rezos monótonos. Retrayéndose de esa vida se volvió hacia la pared, poniéndose la manta de capucha y contemplando los florones rojo pasión del deslucido papel pintado de la pared. Intentó dar calor a su alegría desfalleciente con su fulgor escarlata, imaginando un camino de rosas desde donde yacía al cielo todo cubierto de flores rojas. ¡Hastiado, hastiado! Él también estaba hastiado de maneras de fuego.
Un calor gradual, un lánguido cansancio le invadió, bajándole por la columna desde su cabeza bien arrebujada. Sintió cómo descendía y, visualizándose tumbado, sonrió. Pronto se dormiría.

De la "inspiración" confusa, tensa por concretarse, que todos hemos sentido, Stephen pasa a la alegría exultante de crear, a sentir sus versos como su posesión, su criatura; y, de ahí, pasado ese momento sutil, desciende a la cursilería y finalmente a la relajación placentera, ya estados no creativos. Parece un texto romántico y sin embargo es un texto - quizá el culminante de la novela de la que está sacado - de un autor que escribió el Ulises, configurando la modernidad narrativa.

Pero, mira tú por donde, también era un delicado poeta.