miércoles, 23 de marzo de 2016

Don Quijotes y Sanchos


En esta entrada, y como homenaje a mi admirado Cervantes a poco del cuarto centenario de su muerte, presento unos cuantos textos en prosa sobre su obra magna. Son visiones desde distintas perspectivas y por lo tanto se contradicen. Lo cual, en arte, no quiere decir que no sean todas reales. Y todas imaginarias.





Todo escritor es como Don Quijote: decide embarcarse en una aventura imaginaria por las vías de la realidad, pero trastocando las normas de esta. Todo escritor, salvo el muy comercial.






Todo escritor es como Don Quijote y Sancho a la vez: en busca de una transformación fantasiosa para cada objeto, y en busca de algo real. O mejor: un escritor se lanza a la aventura cuando descubre la posibilidad de que las ventas se conviertan en castillos, cuando ve que Aldonza es ya Dulcinea en algunos momentos suficientemente translúcidos. Y decide posponer el viaje cuando es un Sancho que prefiere esperar a ver el sentido último, el que será real, descartando las posibilidades de transformación actuales; porque quizás Sancho es demasiado ambicioso, quiere la ínsula de la perfecta síntesis de lo real produciendo lo metafórico que a su vez explique o refleje con justeza toda la realidad. Un empeño quijotesco. Don Quijote es un perfecto loco de su tiempo y por eso triunfa del anonimato. Sancho, c'est moi.






Sancho prefiere vivir la vida y que su no escribir el momento sea como corregirlo para el siguiente. Los atardeceres serán más afilados en verdad cada día. Un pequeño detalle sobrepasa su astucia: se necesitaría otra vida, después de vivir la vida, para recoger la clave auténtica y volver a acompañar los actos desde el principio con ella. Y con esa clave seguramente escogería triunfar y no escribir.






Sólo es posible que don Quijote y Sancho fueran la misma persona. Si no, una novela tan subjetiva, tan de conciencia como el Quijote no tendría sentido. ¿Cómo podría don Quijote vivir sin falsedad el viaje de su conciencia con un otro, y además un otro castellano, fiscalizándolo y amenazándolo? No, la cohesión de los pareceres de ambos personajes es la de una sola alma, y toda la novela en realidad es el viaje de un alma con los otros no entrando jamás como sujetos en la historia. El único sujeto castellano que aparece es, justo al final, Sansón Carrasco, para matar el alma de don Quijote.






Cervantes, él mismo malcasado, imagina el ingenioso ardid de un enjuto cincuentón soltero por lanzarse a los campos en una vida de vagabundeo con otro hombre, de generosas y rubicundas carnes sin duda, que, este sí casado, deja a su mujer sin mucha vacilación para entregarse a esta aventura. En las ventas resulta escandalosa esta pareja de hombres que llegan emparejados y tienen tan buena relación, y les maltratan verbal o físicamente bajo distintos pretextos que ocultan lo que no se puede decir. Sí, don Quijote habla de una dama de nombre Dulcinea, a la que pone como pantalla; pero viviendo ella en El Toboso, es decir, a un tiro de piedra, se las ingenia para no ir él mismo y manda a Sancho a visitarla, como si así ya se hiciera el paripé. Sancho debía de ser muy gracioso, tanto de dicción como de gestos, y por eso el duque y la duquesa quisieron atraerlo a su "ínsula" para divertirse con su chispa unos días, al tiempo que le hacían la burla que veían lógica en estos casos. Por cierto: conmovedora promesa de Alonso a Sancho de hacerle gobernador de una ínsula, lo más cercano a lo que ahora hace un hombre cuando promete a su chica hacerla una princesa o tratarla como a una reina, de ponerle piso, de darle regalos para agasajarla. ¿Cómo dudar que el amor cortés Alonso no lo aplazó ni lo vio frustrado en la esquivez de Dulcinea, sino que lo cumplía en el día a día con su fiel escudero? Lo que pasa es que, como en el Retablo de las Maravillas, cualquier persona que viera el vicio nefando al desnudo al leer la obra quedaría señalado a su vez, no como judío o hijo bastardo, sino como esa otra condición "tan común en estos tiempos" también.

Al final el cura y las otras fuerzas conservadoras del pueblo consiguieron, tras varias tentativas, poner fin a este escándalo intolerable protagonizado por alguien de su pueblo, y traer al buen señor a su casa. Y este, que ya no podía persistir en su locura, vio por fin con cordura que ningún lugar ni ficcional ni físico había en esos tiempos para sus anhelos y no sintió ya ganas de seguir viviendo. Vale.

                                                                                            © Luis de la Rosa