sábado, 8 de agosto de 2015

Subiendo en Río



Desde el nivel del simple trozo
De carne que camina y reacciona
A los pájaros y flores
Que el aire le manda,
Pesa la melancolía
De inmisericordes
Rebanadas de egoísmo,
Necesidad,
Apiladas unas sobre otras,
Escatimando la luz
Precisamente por asegurarla.
Pesa la oscura carga
De los que ejercen
De cardo de vestíbulo,
Que deslizan un bombón de tristeza
En la mirada de la noche,
Trofeos de las orgullosas verjas,
Algunas de las cuales caminan
Rubias e indiferentes frente al serio mar;
Pesa, pero de los árboles
- Amarilla y naranja en sus hojas voluptuosas -
Cae al suelo desnudez para mirarnos sensual
Cuando ya bajamos la vista;
De las paredes surge cacao humano
Con mirada de mangos y bananas;
De entre la música del aire surgen tensas
Alegrías graves o agudas
En los acentos que cabalgan por entre los humanos.
Mas todo esto lo miran con ojos tristísimos
Las confeitarias demasiado maquilladas
Para esconder su piel de vieja pálida,
Los salaos de beleza de butacas cabizbajas
Y las frágiles casas antiguas
De colores pastel
Humilladas por las grises
Atletas altas e ignorantes.

Ahora, este plano sin más horizonte
Que escuadrones de bólidos echándose encima
Indiferentes y macarras;
Que gigantes que están en tu camino pero no llegan a verte,
Porque sus caras largas llegan más alto que el sol;
Que colores pastel perdidos entre los grises
Para, siendo moribundos, recordarte el precipicio...
Todo esto al subir va perdiendo peso,
Muriendo a la luz y resucitando
En cadáver exquisito de brillo;
Se le abren cinturas, le crecen
Pechos erguidos y majestuosas caderas;
Se abandona femenino a la neblina
Que acaricie la piel gozosa de sus pliegues,
Y devuelve la sonrisa al sol.
Nace y crece como con una levadura
Que parece esconder algún secreto,
El secreto de una fórmula bien calculada.

El "Cristo Redentor" desde arriba y desde lejos
(Desde abajo es solo un cansancio inexpresivo en la montaña)
Comprende en su mirada tranquila la paradoja
Y en pétreo silencio la ratifica.



                                                                                            © Luis de la Rosa