viernes, 11 de abril de 2014

Dos maneras- II

El poeta que quiere y el poeta que se deja

Continuamos con los paralelismos entre dos maneras diferentes (pero, que quede claro desde ahora, las dos bellas, legítimas) de hacer poesía. Por supuesto, nada es blanco ni negro, todo es gris; no quiero meter a los dos poetas de los que voy a hablar en una horma que les apriete, pero simplificar o elegir a veces también es el camino para hacer una metáfora que ilumine.

Constantino Kavafis (1863-1933) fue un poeta de lengua griega que nació y vivió en Alejandría; esa fue su ciudad. De hecho, La Ciudad es el título de uno de sus poemas más conocidos:

Dices: "Iré a otra tierra, hacia otro mar
y una ciudad mejor con certeza hallaré.
Pues cada esfuerzo mío está aquí condenado,
Y muere mi corazón
lo mismo que mis pensamientos en esta desolada languidez.
Donde vuelvo los ojos sólo veo
las oscuras ruinas de mi vida
y los muchos años que aquí pasé o destruí".
No hallarás otra tierra ni otro mar.
La ciudad irá en ti siempre. Volverás
a las mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez;
en la misma casa encanecerás.
Pues la ciudad es siempre la misma. Otra no busques -no la hay-
ni caminos ni barco para ti.
La vida que aquí perdiste
la has destruido en toda la tierra.

Debo confesar que esa idea de que mis problemas se los debía a la ciudad en dónde vivía la he tenido en muchos momentos. Así que leer este poema, aparte de impactarme, me hizo sentirme atacado. El truco, obviamente, está en el del poema. El poema no me estaba echando una bronca a mí, el poeta estaba aleccionándose a sí mismo. En algún momento, la idea de recomenzar en otra ciudad sedujo seguramente a Kavafis. Su madre, de hecho, a la muerte de su marido y padre del poeta, dejó Alejandría por Liverpool para buscar la protección económica de un hermano de aquél. Infructuosamente, porque siete años después la quiebra del negocio familiar obligó a la familia a volver a Alejandría, de donde Kavafis nunca más saldría. El amor de Kavafis por su ciudad se demuestra en otros poemas, donde se muestra reconfortado por "el bullicio de sus calles", por ejemplo. Pero recordemos que Kavafis allí fue siempre un modesto funcionario del Ministerio de Obras Públicas Egipcio (a pocos funcionarios, a pesar de la seguridad que supone su posición, no se les ha pasado alguna vez por la cabeza dejarlo todo por otra vida de más largo aliento). Además, era gay en una ciudad provinciana, lo que, por supuesto, también le haría sentir frustrado, anhelando la gran ciudad de mente abierta en el mundo occidental que, posiblemente, no era realmente tal en ese momento histórico.

En definitiva, que Kavafis hablaba consigo mismo en este poema, y en él no expresaba sus sentimientos sino que se esforzaba por corregirlos, por acomodarlos a lo que creía la realidad. Las metáforas de Kavafis también en otras ocasiones son metáforas como ganchos, intentos de apresar la realidad y no la subjetividad, o lecciones en imágenes para cambiar la subjetividad de uno (de él mismo). Así en otro famoso poema, Cirios o Velas, según traducciones. Es un poema contemplativo, no admonitorio, como La Ciudad, pero la metáfora no parece llegar al poeta, sino ser creada con ímpetu para, una vez lograda, darse a uno mismo un mapa espiritual al que agarrarse:


Los días del futuro están delante de nosotros
como una hilera de velas encendidas
-velas doradas, cálidas, y vivas.
Quedan atrás los días ya pasados,
una triste línea de velas apagadas;
las más cercanas aún despiden humo,
velas frías, derretidas, y dobladas.
No quiero verlas; sus formas me apenan,
y me apena recordar su luz primera.
Miro adelante mis velas encendidas.
No quiero volverme, para no verlas y temblar,
cuán rápido la línea oscura crece,
cuán rápido aumentan las velas apagadas.

Y en el poema más famoso de Kavafis, Ítaca, de nuevo reaparece el , que en este poema se había reemplazado con un nosotros, igualmente encubridor del yo. De nuevo, un lector despistado (cualquiera podemos serlo en un primer momento) se puede sentir tratado con paternalismo por esa voz del poema que le dice cómo debería vivir su vida, aun estando de acuerdo con lo que dice. Pero Kavafis, aunque no lo diga, está aceptando que él no vivió disfrutando del viaje -como propone el poema- en muchas ocasiones; se está mentalizando para aceptar una visión él mismo que después ya nos ofrece a los demás. Recordemos que Kavafis nunca publicó sus poemas en un libro; por lo tanto no estaba hablando "a sus lectores". Así podemos empatizar mejor con él.

Cuando emprendas tu viaje a Itaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.
Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.
Ten siempre a Itaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Itaca te enriquezca.
Itaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.
Aunque la halles pobre, Itaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Itacas.

C. P. Cavafis.Antología poética.
Alianza Editorial, Madrid 1999

La segunda manera es la del poeta que no escribe su poesía como una herramienta para cambiarse sino como la constatación de lo que ve en sí mismo o lo que sus ojos ven a su alrededor. Pessoa, uno de cuyos poemas voy a poner como ejemplo, definitivamente no es uno de esos poetas. Claro que él también buscaba convertir sus poemas en herramientas para sí mismo. Pero en este poema tan significativo que voy a incluir se da por vencido. Finalmente, presa de diversas percepciones sucesivas, simplemente consigna todas, consiguiendo abrazar un espectro de realidad, de subjetividad más amplio que los poemas de Kavafis. Pero este poema finalmente no será útil, no servirá para avanzar en una dirección. Simplemente presentará una descripción, una evocación poderosa de la confusa encrucijada. Reproduzco sólo fragmentos, por tratarse de un poema muy largo:


No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte eso, tengo en mí todos los sueños del mundo.
Ventanas de mi cuarto,
de mi cuarto de uno de los millones del mundo que nadie sabe quién es
(y si supiesen quién es, ¿qué sabrían?),
dais al misterio de una calle cruzada constantemente por gente,
a una calle inaccesible a todos los pensamientos,
real, imposiblemente real, cierta, desconocidamente cierta,
con el misterio de las cosas por debajo de las piedras y de los seres,
con la muerte poniendo humedad en las paredes y cabellos blancos en los hombres.
Con el Destino conduciendo la carroza de todo por el camino de nada.
Estoy hoy vencido, como si supiese la verdad.
Estoy hoy lúcido, como si fuese a morirme,
y no tuviese más hermandad con las cosas
que una despedida, volviéndose esta casa y este lado de la calle
la hilera de vagones de un tren, y una partida pitada
desde dentro de mi cabeza, y una sacudida de mis nervios y un crujir de huesos en la ida.
Estoy hoy perplejo como quien pensó y encontró y olvidó.
Estoy hoy dividido entre la lealtad que le debo
a la Tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera,
y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.

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¿Qué sé yo de lo que seré, yo que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso? ¡Pero pienso ser tantas cosas!
¡Y hay tantos que piensan que son lo mismo que no puede haber tantos!

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Hice de mí lo que no supe,
y lo que podía hacer de mí no lo hice.
El dominó que vestí estaba equivocado.
Me conocieron en seguida por quien no era y no lo desmentí, y me perdí.
Cuando quise quitarme la máscara,
estaba pegada a la cara.
Cuando me la quité y me vi al espejo,
ya había envejecido.

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Pero un hombre entró en la Tabaquería (¿a comprar tabaco?),
y la realidad plausible cae de repente encima de mí.
Me incorporo enérgico, convencido, humano,
voy a intentar escribir estos versos en los que digo lo contrario.

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Me hizo señas de adiós, le grité: ¡Adiós, Esteves!, y el universo
se me reconstruyó sin ideal ni esperanza, y el dueño de la tabaquería sonrió.

[Obra poética, tomo II, traducción de Miguel Ángel Viqueira para Ediciones 29]

Pessoa se deja, es agua, como recomendaba Lao-Tse (¡y Bruce Lee!). Kavafis, con nervio, intenta crear una explicación para que el poema sea una boya que le permita flotar en la vida. Pessoa es flexible y Kavafis es fuerte. Pero ambos aportan imágenes cautivadoras y una voz poética fascinante.