domingo, 20 de abril de 2014

Rosalía de Castro, ecologista adelantada a su tiempo

File:Aspen woods.jpg


Ya que en el poema anterior hablaba de "talar bosques", voy a poner un contrapunto en esta entrada con otro poema que habla de proteger los árboles. De paso, así me sumo a conmemorar el "Día de la tierra", que es el 22 de abril. No me acordé con ocasión del "Día del árbol", que hubiera sido más propio, pero bueno, yo creo que el concepto de "tierra" puede perfectamente englobar la protección al árbol.
Este poema de Rosalía ya me llamó la atención cuando leí hace años En las Orillas del Sar, su libro de poemas en castellano. Durante años, al parecer, se dio una imagen de ella de madre sufrida y poetisa de florecillas hiperfemenina. Basta leerla para descubrir a otra persona más interesante: una mujer adelantada a su tiempo, como prueba este poema; una mujer "comprometida", aunque el término sea anacrónico en el siglo XIX, comprometida con la reivindicación de la patria gallega sobre todo pero también con la protección de la naturaleza; una mujer que no temía decir que odiaba, que sentía rabia, en algunos de sus poemas, y que justificaba ese sentimiento en una época en que la mujer era la encargada de guardar, como decía Bécquer de las rubias, un "tesoro de ternura". O sea que Rosalía, de sufrida, poco, aunque sí sufriente.
Volviendo al texto que voy a reproducir, en él, de una manera muy moderna, la autora se queja por la tala de unos árboles, y se defiende de los posibles reproches por preocuparse de temas menos importantes que otros que beneficiarían al pueblo y a las personas. De nuevo recordemos que este poema fue escrito en pleno siglo XIX, por una mujer (cuya opinión no era requerida en ningún ámbito) y que es una protesta por un hecho concreto, no un hablar en abstracto. Rosalía, que no me cabe ninguna duda de que estaba sobredotada intelectualmente, mete su voz clara en el siglo XX o XXI, con este poema (de nuevo un anacronismo) de "activismo ecologista".
File:Rosalia de Castro.jpg


¡Jamás lo olvidaré...! De asombro llena                   
al escucharlo, el alma refugióse 
en sí misma y dudó...; pero al fin, cuando 
la amarga realidad, desnuda y triste, 
ante ella se abrió paso, en luto envuelta, 
presenció silenciosa la catástrofe, 
cual contempló Jerusalén sus muros 
para siempre entre el polvo sepultados. 
¡Profanación sin nombre! Dondequiera 
que el alma humana, inteligente, rinde 
culto a lo grande, a lo pasado culto, 
esas selvas agrestes, esos bosques 
seculares y hermosos, cuyo espeso 
ramaje abrigo y cariñosa sombra 
dieron a nuestros padres, fueron siempre 
de predilecto amor, lugares santos 
que todos respetaron. 
¡No! En los viejos 
robledales umbrosos, que hacen grata 
la más yerma región, y de los siglos 
guardan grabada la imborrable huella 
que en ellos han dejado, ¡nunca!, ¡nunca! 
con su acerado filo osada pudo 
el hacha penetrar, ni con certero 
y rudo golpe derribar en tierra, 
cual en campo enemigo, el árbol fuerte 
de larga historia y de nudosas ramas 
que es orgullo del suelo que le cría 
con savia vigorosa, y monumento 
que en sólo un día no levanta el hombre, 
pues es obra que Dios al tiempo encarga 
y a la madre inmortal naturaleza,
artista incomparable. 
Y sin embargo... 
¡nada allí quedó en pie! Los arrogantes 
cedros de nuestro Líbano, los altos 
gigantescos castaños, seculares, 
regalo de los ojos; los robustos 
y centenarios robles, cuyos troncos 
de arrugas llenos, monstruos semejaban 
de ceño adusto y de mirada torva 
que hacen pensar en ignorados mundos; 
las encinas vetustas, bajo cuyas 
ramas vagaron en silencio tantos 
tercos, impenitentes soñadores... 
¡todo por tierra y asolado todo! 
Ya ni abrigo, ni sombra, ni frescura; 
los pájaros huidos y espantados 
al ver deshecha su morada; el viento 
gimiendo desabrido, como gime 
en las desiertas lomas donde sólo 
áridos riscos a su paso encuentra; 
los narcisos y blancas margaritas 
que apiñadas brillaban entre el musgo 
cual brillan las estrellas en la altura; 
los lirios perfumados, las violetas, 
los miosotis, azules como el cielo 
-y que, bordando la ribera undosa, 
recordábanle al triste enamorado 
que de las aguas se sentaba al borde 
aquella dulce frase, ¡siempre inútil, 
mas repetida siempre!: «No me olvides»-, 
todo marchito y sepultado todo 
sin compasión bajo el terrible peso 
de los ya inertes troncos. La corriente 
mansa del Sar, entre sus ondas plácidas 
arrastrando en silencio los despojos 
del sagrado recinto, y de la dura 
hacha los golpes resonando huecos, 
cual suelen resonar los del martillo 
al remachar de un ataúd los clavos... 
Ya en el paraje agreste y escondido 
que tanto hemos amado, ya en el bello 
lugar en donde con afán las almas 
buscaban un refugio, y en alegres 
bandadas, al llegar la primavera, 
en unión de los pájaros, las gentes, 
de aire, de flores y de luz ansiosas, 
iban a respirar vida y perfumes, 
de sus galas más ricas despojado 
hoy se levanta el monasterio antiguo 
como triste esqueleto. Aquel tan grato 
silencio misterioso que envolvía 
los agrietados muros, a regiones 
más dichosas quizás huyó ligero 
en busca de un asilo. Las campanas 
de eco vibrante y musical resuenan 
de una manera sorda en el vacío 
que sin piedad a su alrededor hicieron 
manos extrañas, y el rumor monótono 
de la fuente en el claustro solitario 
parece sollozar por los jazmines, 
que, cual la nieve blancos, las cornisas 
musgosas adornaban, y parece 
triste llamar por la aldeana hermosa 
que lavaba sus lienzos en el agua 
siempre brillante del pilón de piedra 
que el roce de sus manos ha gastado 
y hoy buscan de otra fuente la frescura. 
¡Lo vieron y callaron... con silencio 
que causaron asombro y que contrista el alma! 
Si allá donde entre rosas y claveles 
arrastra el Turia sus revueltas ondas, 
nuestras manos talasen los jardines 
que plantaron los suyos, y aman ellos, 
su labio, al rostro, de desprecio llenas 
una tras otra injuria nos lanzaran 
-¡Bárbaros! -exclamando. 
Y si dijésemos 
que rosas y claveles perfumados 
no valdrán nunca, pese a su hermosura, 
lo que un campo de trigo, y allí en donde 
las flores compitieran con las bellas, 
arrastrando el arado, la amarilla 
mies con afán sembráramos. 
-Mezquinos 
aún más que torpes son -prorrumpirían 
los fieros hijos del jardín de España 
con rudo enojo levantando el grito. 
Mas nosotros, si talan nuestros bosques 
que cuentan siglos... -¡quedan ya tan pocos!- 
y ajena voluntad su imperio ejerce 
en lo que es nuestro, cosas de la vida 
nos parecen quizás vanas y fútiles 
que a nadie ofenden ni a ninguno importan 
si no es al que las hace, a soñadores 
que sólo entienden de llorar sin tregua 
por los vivos y muertos... y aun acaso 
por las hermosas selvas que sin duelo 
indiferente el leñador destruye. 
-Pero ¿qué...? -alguno exclamará indignado 
al oír mis lamentos-. ¿Por ventura 
la inmensa torre del reloj se ha hundido 
y no hay ya quien señale nuestras horas 
soñolientas y tardas, como el eco 
bronco de su campana formidable; 
o en mis haciendas penetrando acaso 
osado criminal, ha puesto fuego 
a las extensas eras? ¿Por qué gime 
así importuna esa mujer? 
Yo inclino 
la frente al suelo y contristada exclamo 
con el Mártir del Gólgota: Perdónales, 
Señor, porque no saben lo que dicen; 
mas ¡oh, Señor! a consentir no vuelvas 
que de la helada indiferencia el soplo 
apague la protesta en nuestros labios, 
que es el silencio hermano de la muerte 
y yo no quiero que mi patria muera, 
sino que como Lázaro, ¡Dios bueno!, 
resucite a la vida que ha perdido; 
y con voz alta que a la gloria llegue, 
le diga al mundo que Galicia existe, 
tan llena de valor cual tú la has hecho, 
tan grande y tan feliz cuanto es hermosa.